sábado, 26 de abril de 2014

Esmeralda Barquín y sus cuentos por la igualdad


Pionera en la interpretación de la literatura infantil y juvenil desde una perspectiva de género
El espacio cultural ‘La noche de las bibliotecas’ de San Vicente de la Barquera, motivado por la celebración del ‘Día del libro’, tuvo como invitada especial a la multifacética Esmeralda Gutiérrez-Barquín, que interpretó varios cuentos infantiles orientados a la educación en valores.

Esmeralda es el resultado de ser actriz y profesora, clown y filósofa, entregada a ese difícil arte de enseñar y hacer sonreír a la vez. Pero es, sobre todo, una pionera en la defensa de una educación más igualitaria para las niñas, una labor que lleva a cabo a través de la interpretación de la literatura infantil y juvenil desde una perspectiva de género.
Esmeralda llegó al salón de actos de la biblioteca barquereña con varios cuentos de la italiana Adela Turín, una autora que ha denunciado reiteradamente el sexismo en los soportes educativos, y que fundó la editorial ‘Dalla parte delle bambine’ (A favor de las niñas).
Esmeralda fue en el estrado marsupial, gato, elefantita o caracol. Su voz metamórfica fue capaz de transformar su imagen en la de esos personajes de los cuentos. Los niños se lo creyeron, porque probablemente dejó ser Esmeralda para ser marsupial en ‘Cangura para todo’, de Gloria Fuertes, el primero de los cuentos que interpretó, o que más bien la interpretó a ella.

Los diálogos entre los personajes masculinos y femeninos rodaron por su garganta con timbres precisos, con intensidades medidas, con ritmos infantiles y con esa intimidad de hacer sentir que, a pesar de la multitud, ‘sólo te lo cuenta a ti’.
En ‘Arturo y Clementina’ y ‘Rosa caramelo’, interpretó mucho más de lo que Adela Turín escribió en esos cuentos. Puso el alma para que sus gestos, su voz, retrataran sin histrionismo esa ingenuidad con la que algunas mujeres aceptan su papel secundario en la pareja y en la sociedad.

Y sin ninguna violencia, ellas se liberan, hacia un horizonte lejano, libre de cargas, cadenas y pasados, como la sirena de Neruda, que apenas entró en el río «quedó limpia, relució como una piedra blanca en la lluvia, y sin mirar atrás, nadó de nuevo hacia nunca más morir».

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